sábado, 7 de septiembre de 2019

SOFÍA Y LA MÁQUINA DE PELUCHES

Relatos Perrunos

Sofía era una chiquilla que traía el chip sobre conciencia animal incorporado. Cada vez que salía a algún sitio, solía acercarse a cada perro que se topaba por ahí. Su madre ya la conocía y debía agarrarla de la ropa para que su ímpetu no terminara en un accidente.

Un día llegó al almacén del barrio una máquina de peluches. Estaba instalada en la entrada del negocio lo que hacía que todos los niños se detuvieran y pidieran a sus padres uno de aquellos peluches que se veían detrás del cristal. Los intentos por lo general eran infructuosos y los niños se iban cabizbajos y con las manos vacías.

Sofía también se tentó y pidió a su madre una moneda. Ya había visto como los demás niños jugaban y lo intentó con tan buena suerte que los dedos puntiagudos y metálicos de la máquina, sostuvieron uno de aquellos muñecos, lo trasladaron lentamente por el riel y finalmente con un golpe seco, lo soltaron por el hueco de salida.

La niña feliz miro a su madre que asombrada veía como su hija lograba lo que otros habían intentado sin resultados. Se fueron muy contentas comentando por el camino los pormenores de la historia y luego, muy alegres las dos, aumentaron los detalles al contarla otra vez a la familia.

Esa noche, Sofía se fue a la cama con su nuevo regalo y cuando todo estaba en silencio, se le ocurrió un plan. Fue al delantal de su madre, sacó el monedero de boquilla que siempre ella mantenía en el bolsillo, contó las monedas, guardó algunas para sí y se fue a dormir.

A la mañana siguiente, después de la escuela, volvió al almacén e intentó lo que con tan buena suerte había obtenido el día anterior, pero esta vez no consiguió lo que esperaba.

Al principio no entendió lo que sucedía, por lo que deicidio esperar… y así fue como comenzó a vigilar a cada persona que llegaba a sacar un peluche de la máquina. Analizó a los que se iban con las manos vacías y a los que gritaban y levantaban los brazos eufóricos. Contó con sumo detalle cuantas personas llegaban al día y cuál era la mejor forma de ganar.

Finalmente, luego de muchos intentos y varias monedas robadas, logró descubrir el truco que la hacía poseedora de peluches sin tener que gastar demasiado. Todas las tardes iba al almacén, esperaba algunos perdedores, hacia sus movimientos especiales y se iba a casa con un nuevo integrante a su colección.


Pronto Sofía tuvo la pieza llena de un peludo y colorido zoológico que su madre veía con cierta aprensión. Por supuesto, se había dado cuenta que su hija le sacaba monedas y al principio lo vio como un inocente juego infantil, pero ahora le preocupaba la obsesión que tenía por pasar horas, en aquella máquina sin mayor sentido que acumular.

No quería encararla, pensaba que sólo era una etapa y que cuando al fin tuviera suficientes, perdería interés... pero la chiquilla llegaba cada día con algún peluche nuevo inventando todo tipo de excusas.

Estas pequeñas mentiras le preocupaban aún más, porque significaban que su hija algo ocultaba y era cierto. Una vez que sacara a todos los peluches de ese sitio donde parecían amontonados e infelices, iría a la feria que se instalaba cada 15 días en el barrio y les buscaría un hogar a cada uno de ellos.

Cuando llegó el día de la feria, se fue con su mochila cargada de monos y un trozo de tela que puso en el suelo con un cartel que decía: "Se Busca Hogar".

Volvió a casa sin peluches, sintiéndose importante y jurando poner todo el empeño en lograr sacar a todos aquellos monos de su prisión.

Su madre preocupada comenzó a hacerle preguntas, sobre todo los días que volvía llena de peluches pero muy desanimada, argumentando que la máquina había sido llenada otra vez...

Un día la acompañó y le dio $1000 pesos, y con gran asombro vio la habilidad que tenía su hija para sacar muñecos de esa extraña máquina tragamonedas. Se fueron con los brazos cargados y con Sofía emocionada por tener nuevos pequeños adoptantes.

Hasta que una tarde se encontraron que la máquina había desaparecido. La dueña del local, que conocía a la niña desde que nació, con gran condescendencia intentó consolarla contándole una linda historia de cómo los muñecos habían sido liberados y cómo habían llegado a casas espectaculares, con lindas familias y niños que los amaban mucho.

Sofía se fue muy triste, su madre miró a la dueña del almacén con cierta preocupación... Qué podían hacer dos adultas con las fantasías de un niño.


Luego de muchos días en que Sofía permaneció encerrada en su pieza, su familia intentó distraerla llevándola al parque para que acariciara perros de verdad y jugara con otros niños como lo hacía antes, pero ella simplemente se sentaba en un escaño y ahí se quedaba, con los brazos cruzados y un pequeño mohín en los labios.

Una tarde, luego de volver de la escuela y mientras miraba la calle sentada en la entrada de la casa, su madre llegó con una pequeña caja. La saludó muy alegre y le pidió que entrara porque la señora del almacén le había mandado un regalo.

Sofía se llenó de curiosidad y fue a ver de qué se trataba tanto misterio. La caja hacia un pequeño chillido y al dejarla en el suelo vio un pequeño cachorro que intentaba levantar la cabeza y se arrastraba un poco con sus pequeñas patitas por el suelo de cartón. Su madre le explicó que la señora del almacén lo había encontrado al abrir el local, justo en el lugar donde había estado la máquina de peluches y pensó de inmediato en ella.

La niña miró a su madre con ojos asombrados y a continuación bajó los ojos hacia el pequeño perrito que se movía y chillaba inquieto. Quizás era cierto lo que le había contado la señora que todos los peluches habían encontrado un hogar... Quizás éste se había caído de la máquina cuando se la llevaron, quizás era el último de ellos que quedaba... y así fue como Sofía prometió cuidar de ese pequeñín, tal como lo había hecho antes con sus otros hermanos.


Perrito divertido