Mostrando las entradas con la etiqueta relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta relatos. Mostrar todas las entradas

viernes, 19 de mayo de 2023

LAS AVENTURAS DE UN PERRO SIN OLFATO

Relatos Perrunos

Petizo había sido el más joven de la camada, pero eso no impedía demostrarle a sus hermanos quién mandaba, abriéndose paso en el lugar más cálido al lado de su madre o poniendo sus patitas sobre alguno de sus hermanos que, tras una dura pelea, había intentado atacarlo por el pescuezo.

A medida que los días pasaban, fueron desapareciendo algunos de sus hermanos, pero eso estaba bien para él porque ahora había más espacio en el regazo de su madre y podía recorrer a sus anchas el pequeño patio donde vivía. Le encantaba sentir el pasto bajo sus patitas y perseguir uno que otro insecto.

Allá afuera había un mundo por descubrir y eso él lo sabía muy bien. De la calle llegaban todo tipo de sonidos como risas de niños, ruidos de motores, murmullos de agua y cantos de pájaros.

Todo era tan nuevo y desafiante, salvo por un inconveniente, su nariz. Todos esos aromas que se mezclaban entre sí, a ratos lo hacían sentir bastante agobiado.

Ya había experimentado el olor de sus hermanos y de la cálida leche que ahora podía tomar a destajo junto al único de sus hermanos que quedaba. Con él practicaba la lucha cuerpo a cuerpo y aunque intentaba ser el jefe, solía ganarle en los combates. Sobre todo, porque Petizo se distraía con algún aroma en el momento más fulminante de la pelea.

Demostraba su malestar con algún que otro gruñido y Max, su hermano mayor, se alejaba al instante.

“¡Petizo! ¿Por qué eres tan cascarrabias? Sólo es un juego. No tienes que ganar todo el tiempo”.

“Es que estos aromas que llegan del exterior no me dejan ni dormir. Siento que ya he olido todo lo que puede existir. El aroma de la hierba después de un día de lluvia, el olor de las lombrices que viven en la tierra y de las hojas que caen sobre el césped. El olor a humano... ¡Uuff! Son tan hediondos, es insoportable”.

Y aunque Max intentaba hacerlo entrar en razón y demostrarle lo hermoso de cada aroma, Petizo se negaba.

“Mira, aquí hay un bote de metal lleno de olores interesantes ¡Mmmmmmm...! Macarrones con queso, una tostada con algo de mermelada y un trozo de jamón de varios días”. Decía Max, mientras escarbaba la basura y lo engullía todo.

Petizo se echaba para atrás y alejaba su nariz. Tantos aromas le revolvían el estómago. No entendía cómo su hermano era capaz de enterrarse de cabeza dentro de toda esa porquería.

Había visto hacer lo mismo a su madre. "¿Será que es lo que hacen todos los perros cuando crecen? ¡Yo no quiero ser un perro como todos! ¡Desearía dejar de oler por un rato!”.


Un día, les pusieron a todos una correa y los llevaron a pasear por el vecindario. Su hermano levantaba su pequeña nariz y disfrutaba del paisaje. Los sonidos, los aromas, los niños que corrían con una pelota o jugaban con su perro.

Una vez que llegaron a un sector más amplio lleno de árboles, asientos, humanos y otros perros, soltaron sus correas para que pudieran correr libres.

Mientras su madre daba unos mordiscos cariñosos a Max, corría y se revolcaba en el pasto, Petizo se quedó ahí sentado. Abrumado por todos aquellos olores que se introducían en su nariz.

Vio como sus cuidadores se sentaban en un escaño y decidió que era el momento de tomar un descanso de todo ese agobio sensorial.

Fue en busca de refugio cerca de un árbol que tenía un pequeño hueco donde se podía percibir el aroma de un extraño animal que él no conocía.

Arrugando un poco la nariz por el fuerte aroma a corteza, tierra y hojas. Metió su pequeño hocico por el orificio para saber qué había en su interior.

De pronto, una pequeña ardilla, le punza la nariz con una rama repetidas veces. Parecía muy enfadada por la intromisión.

Pero como la curiosidad era más fuerte, Petizo se armó de valor y continuó pese a los alegatos hostiles del habitante del interior del árbol. Olfateó otro poco y se tocó con sus patitas la nariz algo adolorida por tanto golpe con la rama.

La ardilla, aún con los brazos en jarra y sin soltar su arma, ordenó a Petizo que sacara la nariz de donde no le llamaban. Petizo la vio tan enojada que decidió retroceder y mejor entablar una conversación con aquella criatura para saciar su curiosidad“.

¡No te enfades conmigo! Sólo quiero saber quién eres y ¿porque vives en este tronco tan maloliente?”. Mientras lo decía, se sobaba la nariz con una pata.

La ardilla bajó los brazos y notó que el cachorro algo tenía además de curiosidad. Ya lo había golpeado lo suficiente y parecía ser inofensivo. “¡Hey, amiguito! ¿Por qué tienes ese aspecto tan apesadumbrado?”.

“¡Es que estoy harto de oler todo el tiempo!” Exclamó Petizo. “Todos esos aromas que se mezclan, se dividen y se vuelven a mezclar en una sinfonía infernal. ¡Desearía no volver a sentir un aroma nunca más!”.

“¡Aaaahh, ya veo!” Dijo la ardilla. “Has venido al lugar indicado. Este tronco es mi hogar. Llevo mucho tiempo viviendo aquí y nunca había recibido una petición como la tuya. Mira, te concederé un deseo. Pero ten cuidado con lo que pides”. Le dijo mirándolo muy seriamente.

Ilusionado Petizo cerró los ojos y pidió con todas sus fuerzas no sentir un aroma nunca más.

De pronto, las hojas se elevaron unos centímetros del suelo y giraron alrededor de él como en un pequeño torbellino que lo llenó de polvo. Cuando las hojas y la tierra se hubieron asentado, Petizo abrió los ojos y con asombro pudo comprobar que ya no sentía ningún aroma.

Miró a su alrededor y la ardilla que hace unos instantes se encontraba frente a él había desaparecido.

Muy contento retrocedió y tropezó de inmediato con sus patas. Había perdido el rastro de donde venía.


Avanzó muy despacio por el sendero dando unos ladridos muy agudos que alertaron a su madre.

Max venía masticando un palo que encontró en el camino. Estiró una de sus patas para empujar a Petizo pero éste no estaba de humor para juegos. Aun no entendía muy bien lo que había sucedido y aunque estaba aliviado de ver caras conocidas se sentía algo extraño.

En ese momento, llegaron los humanos a poner orden a tanto alboroto y correa en mano volvieron todos a casa.

Una vez en el patio y menos conmocionado, Petizo comenzó a disfrutar su nueva vida sin olores. Veía la cerca y ya no sentía el olor a rancio de la madera pintada. Veía a su hermano marcar las esquinas de la casa y no le llegaba ninguna información. Podía enterrar la nariz en el barro o en el cubo de basura y no sentirse abrumado o asqueado.

Corría por el patio en círculos con la lengua afuera y las orejas al viento y aunque el aire le golpeaba la cara, no lograba percibir ningún aroma... Ni a hojas, ni a comida proveniente de la casa vecina, ni a los perros que pasaban por la cerca a presentar sus respetos. Los humanos ahora olían todos igual. Era fantástico, pero a la vez se seguía sintiendo extraño.

Por unos días todo transcurrió feliz hasta que comenzaron los problemas.

Empezó a sentir miedo de salir al exterior porque no podía reconocer el rastro de vuelta o distinguir si aquella pelota era de él o de su hermano, pero prefirió guardar el secreto.

Sus tripas sonaban y le dolía el estómago de hambre, pero como no podía distinguir si su cuenco tenía tierra o comida, buscaba cosas que crujieran para tener la sensación de alimento, como pequeñas piedras o ramitas.

Había perdido en todos los juegos de “enterrar el hueso” y Max triunfante roía cada día un hueso nuevo, mientras él se conformaba con masticar bolsas o un trapo viejo.

De a poco Petizo se dio cuenta que no tener olfato no era tan buena idea como pensaba y ya no tenía ganas de comer. Miraba el cuenco que su hermano comía atropelladamente y no sentía deseos de meter la nariz en aquella comida sosa y aburrida.

Al ir de paseo por el barrio, los cercos y neumáticos no le entregaban ninguna información de quién había pasado por allí. Hasta levantar la pata se había vuelto aburrido porque no podía distinguir su propio aroma.

En el parque, prefería quedarse muy cerquita de sus cuidadores por miedo a no verlos nunca más. Trataba de agudizar sus otros sentidos, pero a decir verdad solo el oído lo acompañaba un poco.

Se sentía todo el tiempo triste porque parecía que al resto, no le importaba lo que a él le pasaba.

"¿Cómo no se daban cuenta que se sentía tan mal?" Es cierto que había sido un perro algo mandón y presumido, pero ya deberían haberle preguntado qué le pasaba... Max, seguía haciendo su vida de “perro feliz” y su madre le prestaba cada vez menos atención.


Un día, de nuevo en el parque, recostado sobre sus patas con la nariz pegada al suelo y sin quitar la vista de esos pies familiares, decidió hacer algo al respecto.

Guiándose sólo por el oído, intentó distinguir entre todos los sonidos uno en particular. El crujido de cáscaras y unos chillidos cortitos provenientes de un tronco hueco.

Se paró decidido y levantando una de sus orejas, buscó de dónde venía. Al llegar frente a aquel árbol, agachó la punta de la nariz y dio unos pequeños golpecitos al tronco.

Al verlo con el rostro cabizbajo y avergonzado, la ardilla se largó a reír. “¡ja,ja,ja,ja!” Se tomaba la barriga y se doblaba. “¡Te lo dije, ji,ji,ji,ji!” Y se revolcaba de un lado a otro retorciéndose de la risa. “¡Ten cuidado con lo que deseas!”.

A Petizo le costaba hilar las palabras. Escuchaba la risa chillona de la ardilla y más agachaba la cabeza.

“Vengo a que me devuelvas mi sentido. Nunca pensé que todo iba a ser tan diferente y confuso. He descubierto lo valioso que es. ¡Prometo nunca más volver a desear algo así!”.

Petizo hablaba de corazón y la ardilla lo sabía, por lo que dejó de reír.

“Veo que has aprendido una importante lección Petizo, eres un cachorro muy joven. Te queda mucho camino por recorrer, un mundo por descubrir y olores que percibir”.

Acto seguido, las hojas comenzaron a girar, pero esta vez Petizo no cerró los ojos y pudo ver asombrado el espectáculo que antes se había perdido por tener la mente en otra cosa.

Inmediatamente, le llegaron millones de olores a la vez que saboreó y disfrutó como nunca antes. Todo lo que había delante se había esfumado y donde estaba la ardilla, ahora quedaba mucho espacio vacío y pasto.

Petizo algo conmocionado por lo sucedido, enterró la nariz en el suelo y notó el aroma de muchos perros que habían pasado por ahí, entre ellos Max.

Al trotecito se despidió de ese lugar tan particular y se sintió por primera vez feliz de ser un perro tan afortunado.


domingo, 30 de abril de 2023

ENIGMA EN LA BIBLIOTECA

Relatos Perrunos
Relato inspirado en viernes creativos El Bic Naranja

Sentado en su recién instalada consulta, Ethan Rickman, un joven detective, se dispone a comenzar su jornada laboral. Había arreglado una estancia en su pequeña casa en la ciudad como consulta para recibir potenciales clientes y casos interesantes.

Hasta ese momento, había tenido algunos aciertos y también algunos fallos que prefería olvidar, pero estaba aprendiendo y gozaba de una excelente memoria para recordar todo tipo de datos, fechas y nombres.

Estudiaba cada caso que aparecía en la prensa y los seguía como si fuera un asesor más de la policía. Eso le había dado cierta soltura para acceder a cualquier petición que le hicieran.

Aunque su pasión era resolver casos enigmáticos y complejos, también debía aceptar otros menores. En su mayoría, objetos perdidos, mascotas extraviadas o casos de infidelidad para pagar las facturas.

Esa mañana parecía ser una de ellas. Un joven de unos 25 años, alto y con el cabello enmarañado color zanahoria, se presenta en su despacho.

"¡Buenos días detective!", dijo el joven estirando el brazo para saludar a Ethan, que estrecha su mano sorprendido por el carácter y la determinación de aquel joven que parecía recién salido de la escuela.

"¡Buenos días! ¿En qué puedo ayudarlo?", respondió Ethan, echándose hacia atrás con los dedos entrelazados, dispuesto a escuchar lo que para él era la historia de un corazón roto.

El joven se sentó frente al escritorio. Su delgada contextura denotaba cierta inquietud por lo que debía decir:

"Señor, vengo a pedirle un encargo de suma importancia y espero que usted sea un hombre de honor que sepa guardar un secreto que, en malas manos, podría convertirse en un arma peligrosa".

"¡Ya hombre, tranquilo!", contestó el detective con una ligera sonrisa. "Seguro que la chica no anda con ningún pelafustán que le pueda hacer daño. Usted es muy joven y de seguro ya encontrará algu..."

"¡No, no, no!", lo interrumpió el joven. "¡Esto es muy importante! Mi nombre es Colin, soy el encargado de la biblioteca de la ciudad y esta mañana, han robado un libro muy antiguo que yo especialmente debía proteger". Y agachando la cabeza pone sus manos sobre su cara.

Una vez repuesto, al levantar la vista, mira fijamente al detective, quien siente un sobresalto al ver que las pupilas del joven se habían aclarado.

Con voz serena y plana, Colin le confiesa provenir de una antigua secta encargada de resguardar los secretos de la vida:

"Hay libros a través de todo el mundo con diferentes secretos y cada uno de nosotros debe protegerlos con su vida". Dicho esto, por sus ojos atraviesa un humo negro y sus pupilas vuelven a la normalidad.

El detective, instintivamente, se había acercado al escritorio y miraba fijamente al joven como quien ve con atención el truco de un mago.

Bastante sorprendido, acepta con mucho entusiasmo resolver el caso y encontrar tan preciado objeto.

"No se puede tener la biblioteca cerrada sin una excusa coherente, por lo que el tiempo apremia", dijo Colin al detective.


Una vez en su interior, se dirigen al sitio del robo antes que las pistas se enfríen. "Se nota que los malhechores sabían muy bien lo que andaban buscando", murmura el detective y extendiendo sus brazos a su alrededor continua, “pero han desordenado aquí, como método de distracción”.

“¡Sin lugar a dudas, este es un trabajo por encargo!” Le dice a Colin, que lo mira pasearse de un lado a otro, agacharse, pararse y tantear libros.

Al entrar al enrome salón donde había estado el libro, una hermosa pintura de una casa con grandes ventanales los recibe. La obra no mide más de 1 metro de alto, pero su nivel de realismo es tal, que parece haber vida dentro.

Inmediatamente despierta la curiosidad del investigador. “¡Qué pintura más bonita!“ Destaca mucho en este sector de la sala. Y mientras se vuelve hacia la puerta reflexiona, “porque puede verse desde la entrada...“

“¡Huuummmmm! ¿Sabes algo de ella?“

“No mucho, sólo que en cada biblioteca donde se esconde un libro hay una pintura similar. Se supone que nos ayuda a cuidar nuestro tesoro de algún modo, pero no sé cómo... ¡Intenté comunicarme con ella pero no obtuve respuesta!“.

El detective se acerca a la obra y la mira con detención. Busca en cada rincón algo que le indique los pasos a seguir.

Revisa muros, peldaños... De pronto, en una de las ventanas ve reflejado un bosque que le parece familiar. Saca su lupa para mirar mucho más de cerca. “¿Dónde había visto ese sitio? Estaba seguro que se encontraba cerca de la ciudad”.

Ahí recuerda que hace años, siguió con mucha atención, el caso de unos artículos de arte que fueron hallados finalmente en la mansión de un multimillonario, famoso por sus excentricidades y por comprar todo tipo de objetos de dudosa procedencia.

Era popular por su particular estilo, sus pomposas fiestas y codearse con estrellas de la música y la televisión. Pese a ello, nadie sabía mucho de su vida privada porque pagaba muy bien para que todos mantuvieran la boca cerrada.

“Me produjo mucha indignación cuando este hombre, mostrando la imagen desde el computador del bibliotecario, quedó libre de toda culpa, si a todas luces estaba implicado. Todo terminó cuando las obras fueron devueltas y los supuestos ladrones apresados”.

“Según dijo al jurado y a los medios, había sido engañado y todo era parte de un montaje para desprestigiarlo y acabar con sus negocios y su fortuna”.

“¿y sabes dónde está ese lugar?”

“Al este de la ciudad, en una zona montañosa ¡Busca algo con qué defenderte, este hombre no entregará el libro tan fácilmente!


”Se estacionan al costado de un sinuoso camino para no despertar sospechas. Caminan un largo tramo de pendientes, rocas y en medio de un tupido bosque sobre una colina bien cuidada se instala la enorme casona. Sus rejas son tan altas que es imposible saltar.

“¡Pero este tipo vive en una cancha de golf!” Exclama el detective, mientras toma aire después de la caminata.

“¡Creo que no tenemos más alternativa que rodear la reja hasta encontrar un sitio por donde pasar sin ser vistos!” Dice el chico con determinación.

En la parte trasera de la casa dos enormes pitbull entrenados y listos para morder a todo el que se acerque a la reja.

Ethan y colin se aproximan a la puerta de servicio y en el momento que ambos perros se les vienen encima con feroces dentadas, el joven guardián pasa su mano por entre los barrotes y los canes automáticamente se detienen, mueven la cola y sacan la lengua felices de verlos.

“¿Pero cómo has hecho eso?”

“¡No son culpables de ser criados para la violencia! ¿Ves cómo nos mueven la cola contentos? Estos perritos no nos harán daño. Sólo quieren algo de cariño y que les rasquen detrás de la oreja. ¡Mira cómo se ponen, jaja!”

Y efectivamente, uno de ellos refregaba su espalda contra el pasto y mostraba la panza mientras el otro, dejaba que el detective le rascara la cabeza y en respuesta le llenaba la mano de langüetazos.

Luego de acariciarles la barriga y palmotearles el lomo, Colin les indica a los perros que se queden ahí sentados:

“¡No nos sigan! Les dice con un dedo levantado”.

Y ahí quietos, los dos pitbull se quedan mirando cómo se van sus nuevos amigos y con tímidos chillidos les piden que vuelvan.

Finalmente, terminan recostándose sobre sus barrigas y apoyando el mentón en el pasto en señal de lamento por no poder seguir con los mimos.

Mientras tanto, Ethan y Colin se dirigen por el camino de servicio hacia la parte trasera de la casa. Toman algunos artículos de limpieza y buscar el despacho del millonario. “¿Dónde más podría estar el libro?”

En ese momento, sólo se encuentra el personal de limpieza y los preparativos para el almuerzo, lo que facilita bastante la entrada de los dos jóvenes que terminan ataviados con sendos disfraces.

La casa es más grande de lo que ellos imaginan, lo que hace la búsqueda aún más difícil. Entran a tientas a una habitación, pero el lugar está prácticamente vacío.

De pronto, una señora del aseo junto con un guardia los señala con la mano y éste con paso firme se dirige hacia ellos.

Al dar la vuelta para huir, los jóvenes se encuentran con otro guardia que los toma por el cuello. Se los llevan a una habitación y los dejan allí.

“¿Y ahora qué hacemos?” Pregunta Colin.

“No sé aún, pero lo más seguro es que nos maten”.

Acto seguido, entra uno de los grandulones con un arma y en el momento que se dispone a disparar al más joven, este ya lo tenía de espaldas en el suelo medio aturdido.

Las pupilas de colin, se habían vuelto blancas otra vez y actuaba de forma autómata, certera y muy rápida. Al escuchar ruidos en la habitación, habían entrado dos guardias más que también fueron reducidos en cosa de segundos.

“¡No tienen escapatoria!” Grita el millonario desde el otro extremo del pasillo, cuando los ve salir corriendo de la habitación.

En ese momento, Colin que no era muy consciente de lo que había pasado, mira al detective con asombro. Hay tres guardias botados en el suelo inconscientes y el millonario tiene el libro en la mano. “¿En qué momento había sucedido todo eso?”

“¡Fuiste tú!” Es lo único que le dice el detective, señalando con la mirada a los hombres desparramados en el piso.


El joven guardián mira el libro en la mano de aquel hombre que está dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de obtener su poder.

“¡Por favor, entregue ese libro. No sabe lo que hace!” Suplica Colin.

“¡Y tu niñito! ¿Quién eres para decirme lo que tengo que hacer? ¡Lárguense de mi casa y hacemos como que esto nunca pasó!”.

La expresión en su rostro era indescifrable y hacía muy difícil saber si se burlaba o hablaba en serio.

“Como sea que hayan llegado hasta aquí, no son más que unos pobres mocosos enclenques”. Escupe mientras analiza el libro, “su informante tenía razón, vale cada centavo”.

¡A mí me espera fama, gloria, fortuna. El poder para controlar el mundo! No tienen pruebas de la existencia de este libro. Si hablan yo negaré todo... será su palabra contra la mía”.¡Mejor váyanse, olvídense que vieron esto y sigan con sus patéticas vidas!


En un afán por quitárselo, Colin corre hacia el hombre que sostiene el libro abierto, como quien aparta a alguien de brazas calientes, pero el millonario logra esquivar al chico y el libro cae al suelo.

En ese instante, los tres se abalanzan. Se escucha a alguien recitar uno de los conjuros que se encuentra en aquella página abierta. “Si era necesario aniquilar a estos dos, pues lo haría”.

En segundos, el hombre se para, se mira las manos y ve como sus palmas se arrugan rápidamente. Pierden turgencia, se secan, oscurecen y su pellejo se pega al hueso. En un acto reflejo, se toca la cara con las manos, pero tan sólo un esqueleto alza un agudo grito que se desvanece en la habitación.

Todo lo que había de aquel millonario y codicioso hombre se encuentran en un montón de tierra apilada en el piso.

Tanto el detective como Colin, aún en el intento de alcanzar el libro, se quedan petrificados ante el espantoso espectáculo que acaban de presenciar.

El joven guardián se levanta con una expresión sombría en el rostro, toma el libro del suelo y lo cierra.

Mientras lo sostiene con ambas manos, se siente culpable de lo que pasó. Ethan intuye lo que piensa, le rodea los hombros con un brazo y en silencio lo dirige hacia la salida. Ya tendrá tiempo de revisar las noticias y ver como se resuelve este caso...

“¡La próxima vez que se te pierda el libro, creo que te cobraré más caro!” Le dice mientras caminan por el mismo sendero de vuelta a casa.


jueves, 30 de junio de 2022

EL AGUATERO

Relatos Perrunos
Relato inspirado en viernes creativos El Bic Naranja

Esta historia no es mía. Se la contó el abuelo, del tío, del hijo de la vecina que me encuentro de tarde en vez en el almacén del pueblo.

No puedo corroborar, pero tampoco desmentir. Ha pasado de generación en generación y es así como te la voy a contar. Quizás tú tengas una mejor versión de los hechos...


Cuenta la leyenda, que al pueblo llegó un aguatero, cansado, hambriento, sin dinero y con pocas posibilidades de mejorar su situación. Venía envuelto en su abrigo de lluvia y cargaba al hombro unas palanganas de madera.

Embarrado hasta las rodillas, sus pies desnudos insensibles al frío poco se veían. No era un espectáculo muy bonito y los pobladores lo miraban con desdén.

Pidió ayuda, ofreció sus servicios como aguatero, pero siempre recibió la misma respuesta:

–Quisiéramos auxiliarte, pero la situación económica no da para más. Hay escasez, alza de precios y para peor, nuestras cosechas han sido devastadas por esta lluvia torrencial que no ha parado en semanas. Apenas tenemos uno mendrugos para nosotros, mal podríamos hacer algo para darte unas monedas o un poco de pan.

El jóven aguatero que era un hombre emprendedor, no se desanimó tan fácil. Al pasar frente a la última casa, se le ocurrió una idea y golpeo la puerta.


–Me pregunto, señora –dijo a la mujer que acudió a su llamado–. Si usted fuera tan amable de prestarme un caldero, pues traigo en estas vasijas un líquido que he encontrado en un oculto manantial. No soy de aquí sabe, y me gustaría compartir este glorioso elixir con usted. A simple vista parece agua, pero yo mismo he comprobado sus poderes mágicos y le aseguro, que obtendrá la sopa más deliciosa que jamás haya probado. ¡Sólo deme la oportunidad de demostrárselo, y ya verá!

La mujer lo hizo pasar y reunió a toda la familia en torno al fogón. Colgó sobre él un caldero y esperó a que se hiciera la magia.

El jóven, con mucha parsimonia, bajo de su hombro los cubos de agua y volcó el líquido dentro. Cuando comenzó a hervir aspiró el vaho caliente y dijo:

–¡¡Mmmmmmm, ya está casi lista!! Sólo le falta una pizca de sal, algo de pimienta...

Le echaron lo que pedía y siguieron esperando ansiosos.

–Ahora, si le pusiéramos unas zanahorias quedaría mucho más sabrosa –dijo el joven, luego de revolver con la cuchara de palo, disfrutando del aroma que aquella agua mágica emanaba.

–MARIAAAAA, ve a la huerta y desentierra unas cuantas. –Ordenó la mujer a una de sus hijas que la miraba extrañada porque se habían salvado muy pocas.

Para ese entonces, la esposa del vecino traía papas y repollo porque había escuchado de la maravillosa sopa que se preparaba en esa casa.

¡¡Estupendo!! –exclamó el huésped–. Repollo y zapallo serán la combinación perfecta para esta sopa...

–Casualmente tengo medio zapallo picado en la cocina. –Replicó la dueña de casa y acto seguido echaron todos los ingredientes al caldo.


En ese momento, se presenta el hijo mayor que venía del gallinero con algunas provisiones. Al sentir el agradable aroma que desprendía la sopa, pensó que estas serían el complemento ideal.

En un dos por tres, familia y visitantes limpiaron las aves que también fueron a parar al caldero.

A sugerencia del improvisado cocinero agregaron las papas que la vecina traía, algunas especies y para terminar, los huevos. Uno en cada plato.

Almorzaron la sopa más exquisita del mundo y hubo suficiente para todos, incluso para el otro día.

A la hora de marcharse, el jóven aguatero ahora limpio y seco, en agradecimiento a tanta hospitalidad, vertió el agua que aún quedaba en sus cubos al caldero ya casi vacío y se despidió diciéndoles:

–Cada vez que quieran preparar una sopa tan deliciosa como la de hoy, sólo tienen que usar la misma receta.

La familia quedó muy contenta con tan magnífico regalo... y por fortuna, nuestro emprendedor amigo encontró otro pozo donde rellenar sus cubos en la entrada del próximo pueblo.


domingo, 10 de abril de 2022

Afsdygurhff…

Relatos Perrunos
Imagen de Viernes creativos El Bic Naranja

Ramiro tenía una vida aparentemente feliz salvo por un inconveniente. Cada vez que salía a la calle había cierta palabra que se le escapaba en los momentos menos oportunos.

–¡¡¡Deme ¼ de Afsdygurhff...!!! Y ahí estaba. No podía evitarlo, se colaba en cualquier lugar.

En el vecindario, la gente gritaba ¡¡ALLÁ VIENE EL HAGGJHHFF!! Y él bajaba la mirada.

Los niños, lo apuntaban con el dedo y los extraños lo evitaban al pasar. Vivía acomplejado y con miedo a decir aquella "bendita" palabra que no podía controlar.

Buscó ayuda y los doctores le hicieron cientos de exámenes. Nadie pudo determinar con certeza cuál era su problema.

–¡¡Lo que usted tiene es tal cosa!! –Le decían y recetaban todo tipo de píldoras que no producían ningún efecto.

Hasta que un día todo cambió. Un médico especialista en enfermedades raras, le extendió un papel con una serie de instrucciones que debía seguir.

Era una especie de mapa esotérico que indicaba el camino hacia un bosque encantado.

–¡¡Quizás aquí encuentres lo que buscas!! –señala el doctor, marcando repetidas veces el lugar con círculos imaginarios.

Ramiro se va directo a ese sitio tan extraño y famoso a la vez. Había pasado millones de veces por allí y jamás vio algo como en la descripción.

Buscó el escaño, se sentó como le indicaron y pensó en sanar... Inmediatamente, una brisa y el olor a hoja fresca lo reciben.

Abre los ojos como platos al comprobar que sus pies están a 50 cm del suelo. Se siente tan liviano como una pluma, levitando sobre un colchón de hojas, delante de un enorme brazo que lo sostiene con unos hilos invisibles.

El brazo se ilumina y proyecta imágenes conocidas para él, pero también otras muy extrañas donde se ve a si mismo atándose los cordones con una mano. Las escenas se presentan como flashes y le demuestran que así como él, otros han llegado en busca de respuestas y posibles soluciones, pero pocos consideran la opción de dejar una mano a cambio de ser "normal".

El jóven mira a su alrededor y comprueba que efectivamente el bosque está lleno de manos que le hacen todo tipo de gestos de bienvenida. El brazo gigante había llenado toda su atención y nunca se percató del espectáculo que tenía delante.

Algunas manos hacían olas y saludaban, otras derechamente lo insultaban o sólo abrían y cerraban los dedos, mostrando el pulgar. Todas formaban parte de un ser humano que buscando consuelo y libertad había dejado en prenda su bien más preciado.

Ramiro ahora seguro de sí, baja la colina dejando atrás aquel misterioso bosque. Aún le hormiguea la mano y hasta siente que puede moverla, pese a que el puño de su camisa dice otra cosa.


jueves, 17 de marzo de 2022

SILVER FACTORY

Relatos Perrunos
Imagen de Viernes creativos El Bic Naranja

Ahí parado en un rincón y sin muchas intenciones de moverse, Charlie se aferra al paquete que debe entregar en la 5ta planta de la calle 47 en Midtown.

Ve como el mundo delante se estremece a los compases rítmicos de una guitarra y el ensordecedor golpe de las baquetas. Todo el lugar está teñido de luz, esferas que se mueven al ritmo de la música, luces que parpadean dando extrañas formas a los rostros que allí pululan.

En el momento que decide dar el primer paso, aparecen de la nada hombres y mujeres, ataviados con vestimentas estrafalarias o elegantes atuendos de cuello alto y corbata al tono.

Al instante, lo envuelven, lo abrazan, le preguntan su nombre y ríen felices de verlo. Charlie, sin entender lo que pasa, intenta esbozar una palabra pero solo se escucha una jerigonza que a los que están a su lado les parece de lo más “cool”.

–Que hermoso arte traes entre tus manos –Pregunta uno del lote.

–Afsdy rrssurffh!! –Contesta Charlie, intentando explicar que es un paquete para el Sr Warhol.

–Es la máxima expresión de arte de masas que jamás haya visto. –Dice otro, vestido con un traje gris ajustado y lentes oscuros.

–Tú debes ser la nueva promesa que estábamos esperando... y lo abrazan entre todos, entrelazando sus cuerpos con el de Charlie, que otra vez intenta dar una explicación, pero finalmente se deja llevar por los halagos del momento.

Le quitan de las manos la caja, la observan con atención, la dan vuelta. Se la pasan entre ellos y cada uno expresa su parecer al respecto.

–¡¡Esto es magnífico, amigo!! ¡¡Haz acertado en todas sus formas... Imagino que es solo el prototipo!!

Y con la punta de los dedos, da unos golpecitos en el antebrazo de Charlie:

–Debes hacer unos 50 de estos!! No, no, no, mejor que sean 100... pero con las mismas características y tipografía.

–Quizás podrías cambiar el color del envoltorio... –suelta otro a la pasada, que con el brazo estirado y los ojos entornados, sostiene la caja en alto y la hace girar de un lado a otro para apreciar todo sus detalles.

Una vez en el centro de la enorme planta, Charlie observa que todo a su alrededor es aún más extravagante. El ruido es ensordecedor, parejas bailan al compás de la música, mientras otros conversan y sueltan risotadas espontáneas.

Las paredes y el techo están completamente tapizados de láminas plateadas y hay cuadros en los muros y también apilados en el suelo.

El grupo conduce a Charlie a un sillón. Lo abrazan, lo besan y lo dejan ahí aparentemente solo... pero a su lado, hay gente que automáticamente hace espacio para que se acomode.

Mira hacia todos lados, no tiene idea cómo salir de ahí o en qué momento se metió en tamaño lio. Su jefe, de seguro lo echa cuando sepa que no volvió al trabajo.

Los que están ahí, al parecer llevan un buen rato en ese sillón y le ofrecen una copa de vino que él acepta y se toma al seco.

Pronto llega como una nube, su nuevo grupo de amigos provistos de todo tipo de artilugios y golosinas para pasar un buen rato hablando del poder de la nada y cómo el mundo acelerado, ha terminado con el deseo de hombres y mujeres que actúan como zombis movidos por el espíritu de consumo.

Una chica ataviada con un bonito vestido de flores, que hace juego con un pañuelo al tono que amarra su oscura melena, corre con el brazo todo lo que hay encima de una pequeña mesa y dispone en su lugar, unas charolas de plata pulidas y adornadas con florituras y dibujos.

Observa a Charlie que aún sostiene la caja entre sus manos y con una sonrisa se la quita y a cambio le entrega una copa de licor.

¡Saca la lengua! –Le ordena con mirada cómplice. Era una chiquilla de rasgos muy bellos. ¿¿Cómo iba a resistirse a tamaña petición??

Todos los que están a su alrededor. Algunos sentados, otros de pie, levantan sus copas, beben y conversan. Charlie que no entiende una palabra de lo que hablan, comienza a sentir una ligera comezón. Como si un enano se hubiera metido en su cabeza y con una pluma le hiciera cosquillas en el cerebro.

Su primer instinto es quedarse ahí sin moverse, pero siente que la gente a su alrededor lo mira como si fuera un bicho raro. La calidez del recibimiento ahora se transforma en caras de reproche.

Una vez de pie, se topa con imágenes que se mueven y deforman con cada pestañeo. Espejos lo absorben, lo tragan, lo escupen y su reflejo se triza de mil formas distintas.

Los amigos del sillón, permanecen sentados y levantan sus copas celebrando cualquier cosa que pasa cerca.

Charlie se detiene frente a una máquina que se activa cuando alguien se acerca y emite un extraño sonido. Le parece un artefacto de lo más peculiar y al intentar tocarla siente que su mano se quema.

–¡Súbete! –Le dice uno que está cerca mirando lo que hace. Quizás te lleve a lugares donde jamás has estado...

–¿Tú ya la probaste? –Pregunta Charlie algo confundido.

–¡Pues, claro! Todos los que estamos aquí, nos hemos subido alguna vez para descubrir cuál es nuestro lugar en este mundo y nuestro propósito de vida.


Envalentonado como estaba y a pesar del calor que emanaba la máquina, levanta una pierna y pasa sus manos sobre el manubrio. De inmediato, escucha cómo resuena el motor y cómo se afinan válvulas y engranajes con cada aceleración.

A penas sube los pies, ingresa a un camino sinuoso, llano y prístino. La aridez del lugar contrasta con el murmullo de gente que había hace tan pocos segundos.

A lo lejos se distingue un bar y automáticamente decide parar. Una vez dentro, todos se dan vuelta y lo miran de pies a cabeza. Una mujer detrás de un mesón saca lustre a un vaso:

–¡Oye, niño! ¿Vas a tomar algo?

–¡¡Nooooooo, gracias, ya ha sido suficiente!! –Responde Charlie levantando una mano en señal de disculpas.

Al fondo, un grupo juega al billar:

–¡¡Es una máquina espectacular!! –Dice un brabucón de musculosa y cabeza rapada.

–¡¡Te retamos una partida!! Si nos ganas, te quedas con cualquiera de nuestras motos. –Dice otro igual de feroz.

Charlie, otra vez metido en un lio del que no sabe cómo salir, se desase en explicaciones:

–¡¡Es que... eeeeeehh, mmmmmm!! ¡¡Lo siento, no puedo hacer tal cosa, me la acaban de prest...!!

Y en ese preciso instante, se acercan tres tipos fornidos que en andas se lo llevan afuera y le dan una paliza que jamás imaginó.


Al despertar, aún aturdido y sin saber muy bien qué pasó. Mira hacia los lados y después de un par de pestañeos y bastante dolor busca cómo incorporarse, pero tiene un brazo enredado en los rayos de la moto. Lleva varias horas en esa posición, en cuclillas con la manga del sweater anudada al manubrio.

Sin poder hacer mucho, tantea con la mano libre el bolsillo del pantalón donde por fortuna, aún conserva su navaja multiuso. Corta el nudo con un brusco movimiento.

A su alrededor ya no queda nadie, salvo algunas parejas que duermen apacibles. A lo lejos, gente trabaja en lo que parece ser unos afiches de sopa enlatada.

Al pararse todo da vueltas y siente como si se hubiera tragado un cubo de arena. En la cabeza retumba una pequeña gota que cae de una tubería... click, click, click, repiquetea aquel rincón.

A tientas se acerca a la pequeña mesa donde todo comenzó y ahí, entre vasos de café, ceniceros y copas rotas, aún permanece intacto el encargo que lo había llevado hasta allí.

Sin mucho entusiasmo por buscar al destinatario, decide acercarlo a un mesón. En la pared, como en una especie de galería improvisada, fotos tipo Polaroid le revelan con horror cuantas horas lleva en el lugar.

Sin saber si dar explicaciones o pedirlas, despega una de las fotos que mira con detenimiento... se la echa al bolsillo, se quita el sweater y lo arroja a uno de los sillones de aquel estrambótico sitio.

Finalmente, agacha la vista y con tranco firme se dirige al ascensor. Aunque en realidad nadie le presta atención. Una vez dentro, echa un último vistazo a la enorme planta, ahora menos brillante de lo que recordaba. El piso desciende y lentamente, aquel espacio desaparece de su vista llevándoselo de vuelta a la realidad.


jueves, 24 de febrero de 2022

A COMEEEEER...!!

Relatos Perrunos
Imagen de Viernes creativos El Bic Naranja

–¡¡RAÚL!! Otra vez la misma historia... ¡¡Saca tu trasero de mi cara!! Te lo he dicho un montón de veces.

–¡¡Lo siento, Pepe!! Es que estamos tan apretados aquí desde que llegamos... Todo se ve tan extraño y oscuro...

–¡¡Mmmmmmm.... Ya, pero eso no te da derecho a pincharme con tu cola a cada rato!! ¿¿Oye?? ¿¿Has visto ese agujero allá arriba?? ¿¿Qué será..?? ¿¿Podrás estirarte lo suficiente para ver que hay??

–¡¡No Pepe, no alcanzo!! Pero entra algo de luz y se escuchan conversaciones de gaviotas.

–¡¡Ya estás con eso!! QUE TE DIGO YO, que ningún bicho alado te llevará para comerte... Hablemos con los vecinos mejor, a ver si alguien sabe cómo salir de aquí.

Y así fue, como Raúl y Pepe comienzan una tarea titánica de despertar en cada compartimiento de la máquina expendedora, la curiosidad por saber qué hay al otro lado de esa extraña luz.

Cada cebo, estaba distribuído en secciones y algunos crustáceos, peces y lombrices llevaban mucho tiempo allí. Se habían acostumbrado al apacible y oscuro silencio y no tenían muchas ganas de ser molestados.

Esto había formado todo tipo de grupos como peces hay en el mar. Estaba el sector más intelectual, que se dedicaba a pensar sobre el origen de la vida y la existencia del cebo en el universo. Otros, se dedicaban al “Mindfulness”, a la meditación y a ser felices... También estaba la zona de los cebos robustos, que tenían un exagerado culto al físico y practicaban la calistenia. Se las habían ingeniado para crear sus propios implementos y dedicaban muchas horas al trabajo muscular.


Raúl y Pepe con la curiosidad innata de una joven lombriz, consiguen separarse del grupo y por una pequeña rendija... y estirándose mucho, logran salir de su compartimiento y caer en una zona plana en la parte baja de la máquina expendedora.

De ahí gritan hacia todos lados y aunque al principio nadie les tomó en cuenta. A poco andar, comienzan a surgir algunas cabezas que los miran con el ceño fruncido.

–¡¡¡Ejemmm...!!! Hola a todos, somos nuevos aquí... Yo soy Raúl y este es mi amigo Pepe. Nos preguntábamos si alguien sabe qué es éste lugar y qué diablos hacemos aquí??

Una de las lombrices más antiguas decide hablar:

–Llevo bastante tiempo aquí y puedo decir con toda seguridad, que en este lugar NO PASA NADA.

Desde hace tiempo circula un rumor que de este sitio sólo salen los privilegiados y que eso lo sabremos en el preciso momento cuando se escuchen unos crujidos y pitidos provenientes del exterior. Acto seguido, una de las secciones se moverá y nosotros despediremos al cebo elegido con vítores y aplausos.

Todos creemos que nuestro destino final es un jardín con mucha tierra, agua y barro donde podremos finalmente chapotear. Además, los que se van nunca vuelven... Por lo que sin duda, deben estar en un mejor lugar.

–¿Y no tienen curiosidad por saber que hay allá afuera? –Pregunta Raúl a la concurrencia que entre tanto había aumentado.

En ese instante, se escuchan murmullos y movimientos metálicos, lo que deja a todos con el alma en un hilo.

–¡¡¡Llegó el momento!!! Vienen por uno de nosotros... ¡¡¡UUURRRRAAAAAAA!!! Gritan todos y con sus colas golpean el suelo haciendo un rítmico sonido.

Se escuchan unos pitidos y comienza a moverse justo el sector de Pepe y Raúl, pero ellos están abajo a kilómetros de distancia.

Las lombrices que se encuentran en ese lugar, se paran y estiran a la espera de ser una de las elegidas. Gritan felices ¡¡¡BRAAAVOOOO!!! ¡¡Adiós amigoooooos!! Llegamos hace poco y ya somos parte del clan de los privilegiados. De seguro, nos hemos portado muy bien para salir tan rápido de aquí. No como ese par de revoltosos... ¡¡¡ADIOOOOS, CHAAAAAOOOOO...!!! ¡¡¡Los esperamos allá afuera!!! ¡¡Saludos a todos!!

Raúl y Pepe se quedan mirando con la boca abierta. Ahora, con más determinación que nunca deciden presionar al resto para salir de allí.

–¿¿Alguna idea de cómo llegar a ese jardín del que todos hablan??

Los cebos que practican calistenia toman la palabra:

–Nosotros proponemos que con nuestra fuerza y su cooperación, podemos mover este edificio y desestabilizarlo. Una vez que caiga, todos saldremos por esa rendija que se ve allá al frente. La hemos visto moverse... aparecen y desaparecen unas extrañas lombrices que de forma coordinada sacan al elegido del interior.

De todas las secciones se escuchan cuchicheos y murmullos. Finalmente, una gran ovación da pie al plan.

Los cebos calisténicos dirigen los movimientos y todos a la vez hacen su mayor esfuerzo. En un vaivén que pronto comienza a hacerse notar, primero con pequeños temblores y luego con sacudidas cada vez más violentas.

–¡¡¡¡VAMOOOOS TODOOOOOS JUNTOS, SALTEN A LA VEEEEZ!!!! ¡¡¡1, 2... 1, 2... 1, 2... 1, 2...!!!

La máquina hace tanto ruido y se remece a tal punto, que comienzan a llegar todo tipo de aves, gaviotas, pelícanos y hasta palomas curiosas. También seres humanos se detienen a ver tamaño espectáculo.

La máquina se contorsiona de un lado a otro sin parar hasta que de pronto, pierde el equilibrio y con un gran estruendo, se hace añicos en el pavimento dejando a todos los cebos dispersos de cara al sol.

En ese instante se escucha una voz entremedio de los escombros que grita:

–¡¡¡HEEEEY PEPEEEE!!! ¿¿Y ahora, qué hacemos??


sábado, 5 de febrero de 2022

EL TARUGO

En el mundo del ciclismo y en el deporte en general, es común utilizar apodos para referirse a un compañero o rival.

A lo largo de mi período como deportista, conocí un montón y de seguro yo también tuve uno, aunque nunca me enteré.

Suelen ser apodos de lo más creativos y hay muchos que a decir verdad, dan bastante risa... Siempre y cuando al involucrado NO le MOLESTE o se sienta menoscabado, por supuesto!!

Uno que siempre me causó gracia fue “el tarugo”, no es una palabra de lo más peculiar o diferente, pero cada vez que la escuchaba me hacía reír.

Tal vez porque el portador de aquel nombre era extrovertido, dicharachero y siempre con la talla a flor de piel, pero no del tipo fanfarrón que en el ciclismo abundan. Más bien era un personaje con un temperamento, impulsivo, temerario y un pelín desquiciado.

Si alguien le proponía meterse entre las ruedas de un camión y el acoplado. Sólo por osadía y sin pensar... en tres segundos ahí estaba, saludando con la mano y haciendo todo tipo de morisquetas.

Yo era bien cabra chica y entrenaba con este grupo de ciclistas para ganar resistencia... y vaya que me hacían sufrir, pero el resultado siempre valió la pena.

Y aunque por mi poca experiencia, nunca entendí porque el cabro era tan re-loco y lo apodaban así. De todos los nombres fue el que más me quedó.

Quizás porque todos en algún momento de nuestras vidas somos así, medios tarugos para nuestras cosas... ya sea por gusto o mera curiosidad.

Relatos Perrunos
Relato inspirado en viernes creativos El Bic Naranja



martes, 25 de enero de 2022

Con la cabeza en las nubes...

Relatos Perrunos
Imagen de Viernes creativos El Bic Naranja

Solía ir todos los martes a instalarse en su lugar favorito. Siempre la misma banca, en el mismo parque, a unos pasos de su hogar.

Si su sitio estaba ocupado, tenía un plan. El tercer árbol, a la izquierda de su banca preferida. Allí, se sentada en el pasto con una bolsa llena de migas de pan desmenuzadas con esmero milimétrico.

Le gustaban los martes porque disfrutaba de un agradable rato observando pájaros, paseos perrunos y familias con niños que pese a sus gritos no lograban sacarla de sus pensamientos.

En cambio los domingos, el lugar se llenaba de luces que embotaban su cerebro y transformaban ese traqueteo diario en un diálogo incesante.

No faltaba el perro amigo que se acercaba a “olisquear” qué traía entre manos. Ella, que siempre se llevó mejor con animales que humanos, solía apartar un trozo de pan para todo can, que quisiera acompañarla un rato en su viaje.

Sus familias humanas, no veían con buenos ojos que ella convidara pan a un "perro de marca" que sólo comía alimento premium.

Pero después de tantos años, estaba acostumbrada a las miradas de soslayo y a los cuchicheos a su alrededor. Vivía sola en un vecindario donde el rechazo y la desaprobación la perseguían a todos lados, especialmente cuando volvía a casa.


lunes, 17 de enero de 2022

EFECTO PANDEMIA

Relatos Perrunos
Imagen de Viernes creativos El Bic Naranja

–¿Y ustedes qué hacen aquí parados en medio de la nada? –pregunta un reportero luego de apuntarles con la cámara–. Debía averiguar sobre el colapso en los cementerios y ésta sin lugar a dudas, sería la foto que enmarcaría su artículo. Quería impresiones locales, pero se encontró con otra cosa...

–Es que estamos hartos de todo esto –largó uno de ellos, y con un tiro certero lanza una colilla desde lo alto en un orificio de la loza.

–¿Y eso por qué?

–Unos malditos científicos de la zona, descubrieron como hacer diminutos los cadáveres y ahora nadie quiere enterrar a sus difuntos. Prefieren meterlos en macetas y utilizarlos como abono para plantas. De esa forma, los muy idiotas piensan que mantienen vivos a sus seres queridos para siempre.

–Ya nada es como antes –acota el otro, moviendo la cabeza con resentimiento.


domingo, 12 de diciembre de 2021

EL VIAJE

Relatos Perrunos
Imagen de Viernes creativos El Bic Naranja

Cada mañana se sentaba en el mismo sitio, sacaba su libro y se ponía a leer.

Yo, que era nuevo en la ciudad, no le di mayor importancia la primera vez que lo vi. Era sólo un pasajero más dentro de aquel vagón de tren... pero al pasar los meses, comencé a fijarme en este personaje que veía cada día al ir a trabajar.

Me preguntaba: ¿¿Qué hacía, dónde iría, qué leía con tanto afán?? ¿¿Podría concentrarse con todo ese barullo constante que nos persigue a todos lados??

Confieso que por curiosidad yo también me ubicaba en el mismo lugar, para husmear... para ver si algo de él, me indicaba que diablos hacia allí.

Al parecer, no llevaba celular porque nunca lo traía entre manos, como tantos otros a su alrededor sumidos en sus propios mundos... riendo solos de algún video, pulsando teclas a la velocidad de la luz o simplemente, compartiendo las mismas cadenas de memes y santitos de hace seis meses atrás sin acordarse que ya lo habían hecho antes.

Pero un día todo cambio, ese señor habitual en aquel asiento no apareció más. Yo continuaba ubicándome estratégicamente todas las mañanas en el mismo sitio, esperando volver a verlo... Sin él imaginarselo, se había convertido en un amigo, en un rostro conocido al que nunca me animé a saludar.

Los días continuaron y mi rutina siguió siendo la misma, pero aquel hombre de sombrero y rostro afable, nunca más lo volví a ver... ¿Le habrá pasado algo? ¿Cambió de ruta? ¿Cómo saber que diantres le sucedió?

Incluso hoy, después de tantos años, cada vez que me subo a un tren, recuerdo a aquel hombre sencillo y poco tecnológico que sin estar inmerso en este universo paralelo de las pantallas multicolores, resaltaba por sobre los demás, justamente por eso. No era uno del montón.


sábado, 28 de agosto de 2021

UNA CAPERUCITA DIFERENTE

–Lobooooo, ve a ver quién golpea la puerta!! –Grita la abuela desde el dormitorio.

El lobo, secándose las manos en los bordes del delantal, acerca una pequeña banqueta próxima a la entrada y mira por el ojo de la puerta.

–¡¡Madre mía!! –exclama con los pelos parados y entra a los tropiezos al dormitorio de la anciana–. ¡¡Caperucita está aquí!!

Ella tantea rápido las cobijas en busca del móvil, tiene varias llamadas perdidas y un chat que le avisa de la llegada de su nieta.

Mira la puerta, se muerde el pulgar y en seguida ordena al lobo ponerse el camisón, la gorra, los lentes y hacerse pasar por ella.

–Pero señora, no me siento cómodo con esta situación... y si usted va y le dice a su nieta que vuelva más tarde??? –Reclama el lobo con bastante más cordura, mientras se arremanga las mangas del camisón.

–Tú harás lo que yo te diga, si no quieres terminar como los otros lobos de cuento. En el pueblo nadie te quiere y aquí vives alejado de cazadores y amenazas.

Sabía que su mala fama venía de todos sus antecesores que habían hecho cosas muy crueles... pero a él le cargaban las mentiras y eso le había costado dejar su manada.

Él quería vivir sin ser molestado, en paz con la naturaleza, meditando y haciendo yoga. Había decidido llevar una vida célibe y de servicio... pero nunca imaginó terminar en las garras de esta vieja tirana que se mostraba bonachona ante los ojos de los demás.

El cazador, pasaba todas las semanas a verla y se encerraban por horas... Bien lo sabía él, que mientras limpiaba y fregaba trastos, escuchaba las risitas y correteos en la habitación.

Finalmente, tras un momento de duda, termina metiéndose bajo las cobijas.

–¡¡Pasa querida, está abierto!! –Le grita con voz chillona a Caperucita, que sigue inquieta esperando en las afueras de la casa.

Relatos Perrunos

–Perdona que te reciba en cama. Es que me he sentido algo enferma y prefiero cuidarme, ahora que estoy más vieja y mis piernas me sostienen cada vez menos... –inventa el lobo sobre la marcha, al ver la cara de consternación de caperucita con el espectáculo.

La niña se acerca con timidez, se sienta en el borde de la colcha. Mira el rostro de ese ser peludo y narigón... ¿¿Qué enfermedad tan rara podría tener su abuela para estar tan cambiada?? Pero no dijo nada.

Echa un vistazo rápido a la pieza, alisa con la mano las mantas a su lado, deja las manzanas y el vino sobre la mesa y se despide con una alegre sonrisa.

El lobo tiritaba, temiendo lo peor. Sentía que la chiquilla algo sospechaba. Él había intentado hablar lo menos posible, encogido entre las mantas, tapando su enorme nariz con el cobertor... pero los niños de hoy no son como los de antes y el silencio de caperucita lo inquieto.

Al escuchar el click de la puerta, la abuela sale de su escondite y mira por la ventana mientras su nieta regresa a casa.

–Quédate ahí y no te muevas! –Le indica al lobo con cierto enfado–. Esperemos que la situación se calme y mi hija no quiera venir también.

Pero lejos de calmarse, todo estaba por ponerse mucho peor. Caperucita no creyó nada lo que la supuesta abuela le decía. Sentía que la real, podía estar en peligro y aunque miró cada rincón de la casa, no vio rastros de la anciana... Lo más probable, es que los lobos hayan entrado, asaltado a la abuela y ese engendro que estaba en la cama se hacía pasar por ella.

Contó todo lo que vio a su madre, que preocupada partió al pueblo en busca de ayuda. Preguntó por el cazador pero nadie lo había visto en toda la mañana. Corrió por el camino, se encontró con el leñador y le transmitió las inquietudes que Caperucita tenía.

Y así, el leñador junto a otros hombres del pueblo, parten en patota a la casa de la abuela.

–SEÑOOOORAAAAA!!! ¿¿Se encuentra usted bien?? –Grita uno desde afuera.

La vieja levanta un brazo en dirección al lobo, que aún yace en cama y con un gesto lo hace callar. Al sentir que la puerta se abre, alcanza a esconderse dentro del armario y desde allí, entre las rendijas de la puerta y la ropa colgada, los amantes ven como se llevan del pescuezo al pobre lobo que se deshace en explicaciones: ¡¡TODO HA SIDO IDEA DE ELLAAAAA!! ¡¡TODO HA SIDO IDEA DE ELLAAAAA!! Pero nadie le creyó.

Relatos Perrunos
Fuente: Pinzellades al món

Él, a diferencia de los otros lobos, era bajito y escuálido debido a la falta de ejercicio y a un régimen estricto de frutas y verduras. Eso hizo que llevarlo al pueblo fuera muy fácil. Luego de un rato de preguntas y respuestas que no llevaron a ningún lado.

Uno de los que intervenía en la reprimenda, grita: –Dentro del estómago, es el único lugar donde puede estar!!!

Llaman al leñador... y no encuentran nada, ni rastro. Dejan al lobo en el suelo, hecho jirones y se miran buscando respuestas.

–Debe haber más lobos dentro de la casa. –Dice alguien desde atrás–. Uno de ellos se la debe haber comido.

Y parten de vuelta a la casa, intentando salvar a la anciana de una vez por todas. Al llegar a la esquina, ven en la entrada algo que jamás nadie imaginó. El cazador besando a la pobre viejecilla que ellos tanto buscaban.

–Pero que cag.. alcanza a decir uno antes de parar en seco.

Todos se detienen a ver la escena, mientras los amantes retuercen sus manos y se encogen de hombros en señal de arrepentimiento.

En ese instante, llega corriendo caperucita y su madre que haciéndole el quite a los asombrados presentes, se adelantan dando un fuerte y apretado abrazo a la anciana.

–Hija, es que me sentía tan triste y sola. –Es lo único que se le ocurre decir.


sábado, 7 de septiembre de 2019

SOFÍA Y LA MÁQUINA DE PELUCHES

Relatos Perrunos

Sofía era una chiquilla que traía el chip sobre conciencia animal incorporado. Cada vez que salía a algún sitio, solía acercarse a cada perro que se topaba por ahí. Su madre ya la conocía y debía agarrarla de la ropa para que su ímpetu no terminara en un accidente.

Un día llegó al almacén del barrio una máquina de peluches. Estaba instalada en la entrada del negocio lo que hacía que todos los niños se detuvieran y pidieran a sus padres uno de aquellos peluches que se veían detrás del cristal. Los intentos por lo general eran infructuosos y los niños se iban cabizbajos y con las manos vacías.

Sofía también se tentó y pidió a su madre una moneda. Ya había visto como los demás niños jugaban y lo intentó con tan buena suerte que los dedos puntiagudos y metálicos de la máquina, sostuvieron uno de aquellos muñecos, lo trasladaron lentamente por el riel y finalmente con un golpe seco, lo soltaron por el hueco de salida.

La niña feliz miro a su madre que asombrada veía como su hija lograba lo que otros habían intentado sin resultados. Se fueron muy contentas comentando por el camino los pormenores de la historia y luego, muy alegres las dos, aumentaron los detalles al contarla otra vez a la familia.

Esa noche, Sofía se fue a la cama con su nuevo regalo y cuando todo estaba en silencio, se le ocurrió un plan. Fue al delantal de su madre, sacó el monedero de boquilla que siempre ella mantenía en el bolsillo, contó las monedas, guardó algunas para sí y se fue a dormir.

A la mañana siguiente, después de la escuela, volvió al almacén e intentó lo que con tan buena suerte había obtenido el día anterior, pero esta vez no consiguió lo que esperaba.

Al principio no entendió lo que sucedía, por lo que deicidio esperar… y así fue como comenzó a vigilar a cada persona que llegaba a sacar un peluche de la máquina. Analizó a los que se iban con las manos vacías y a los que gritaban y levantaban los brazos eufóricos. Contó con sumo detalle cuantas personas llegaban al día y cuál era la mejor forma de ganar.

Finalmente, luego de muchos intentos y varias monedas robadas, logró descubrir el truco que la hacía poseedora de peluches sin tener que gastar demasiado. Todas las tardes iba al almacén, esperaba algunos perdedores, hacia sus movimientos especiales y se iba a casa con un nuevo integrante a su colección.


Pronto Sofía tuvo la pieza llena de un peludo y colorido zoológico que su madre veía con cierta aprensión. Por supuesto, se había dado cuenta que su hija le sacaba monedas y al principio lo vio como un inocente juego infantil, pero ahora le preocupaba la obsesión que tenía por pasar horas, en aquella máquina sin mayor sentido que acumular.

No quería encararla, pensaba que sólo era una etapa y que cuando al fin tuviera suficientes, perdería interés... pero la chiquilla llegaba cada día con algún peluche nuevo inventando todo tipo de excusas.

Estas pequeñas mentiras le preocupaban aún más, porque significaban que su hija algo ocultaba y era cierto. Una vez que sacara a todos los peluches de ese sitio donde parecían amontonados e infelices, iría a la feria que se instalaba cada 15 días en el barrio y les buscaría un hogar a cada uno de ellos.

Cuando llegó el día de la feria, se fue con su mochila cargada de monos y un trozo de tela que puso en el suelo con un cartel que decía: "Se Busca Hogar".

Volvió a casa sin peluches, sintiéndose importante y jurando poner todo el empeño en lograr sacar a todos aquellos monos de su prisión.

Su madre preocupada comenzó a hacerle preguntas, sobre todo los días que volvía llena de peluches pero muy desanimada, argumentando que la máquina había sido llenada otra vez...

Un día la acompañó y le dio $1000 pesos, y con gran asombro vio la habilidad que tenía su hija para sacar muñecos de esa extraña máquina tragamonedas. Se fueron con los brazos cargados y con Sofía emocionada por tener nuevos pequeños adoptantes.

Hasta que una tarde se encontraron que la máquina había desaparecido. La dueña del local, que conocía a la niña desde que nació, con gran condescendencia intentó consolarla contándole una linda historia de cómo los muñecos habían sido liberados y cómo habían llegado a casas espectaculares, con lindas familias y niños que los amaban mucho.

Sofía se fue muy triste, su madre miró a la dueña del almacén con cierta preocupación... Qué podían hacer dos adultas con las fantasías de un niño.


Luego de muchos días en que Sofía permaneció encerrada en su pieza, su familia intentó distraerla llevándola al parque para que acariciara perros de verdad y jugara con otros niños como lo hacía antes, pero ella simplemente se sentaba en un escaño y ahí se quedaba, con los brazos cruzados y un pequeño mohín en los labios.

Una tarde, luego de volver de la escuela y mientras miraba la calle sentada en la entrada de la casa, su madre llegó con una pequeña caja. La saludó muy alegre y le pidió que entrara porque la señora del almacén le había mandado un regalo.

Sofía se llenó de curiosidad y fue a ver de qué se trataba tanto misterio. La caja hacia un pequeño chillido y al dejarla en el suelo vio un pequeño cachorro que intentaba levantar la cabeza y se arrastraba un poco con sus pequeñas patitas por el suelo de cartón. Su madre le explicó que la señora del almacén lo había encontrado al abrir el local, justo en el lugar donde había estado la máquina de peluches y pensó de inmediato en ella.

La niña miró a su madre con ojos asombrados y a continuación bajó los ojos hacia el pequeño perrito que se movía y chillaba inquieto. Quizás era cierto lo que le había contado la señora que todos los peluches habían encontrado un hogar... Quizás éste se había caído de la máquina cuando se la llevaron, quizás era el último de ellos que quedaba... y así fue como Sofía prometió cuidar de ese pequeñín, tal como lo había hecho antes con sus otros hermanos.


jueves, 13 de junio de 2019

BUENOS TIEMPOS

Relatos Perrunos

Había una vez, un paraguas muy bonito que todas las noches soñaba con ser el más resplandeciente de todos los paraguas. Quería hacer su tarea lo mejor posible, se había preparado por muchos años y ya se sentía listo para que alguien en la tienda se lo llevara... pero el tiempo pasaba y nadie se decidía por él.

Cada vez que veía con ilusión que alguien se detenía a mirar, el joven paraguas se paraba derecho, estiraba todos sus alambres y aguantaba la respiración para que su tela impermeabilizada se colocara brillante y sedosa a los ojos de los demás.

Un día un niño lo miró con atención, incluso lo tocó y el paraguas con grandes expectativas pensó que por fin llegaba la hora de cumplir su objetivo de vida, pero no.

Pasaba el tiempo y con ello vinieron los días soleados, que sabía no eran buenos para él. Buscaba días lluviosos, que animaran a las personas a escogerlo... un día soleado lo ponía triste. Sabía que no era algo que pudiera controlar, debía estar firme y con la esperanza intacta para seguir adelante.

Finalmente, uno de esos días grises y húmedos que tanto le hacían sentido, alguien lo sacó de ese pequeño estante donde vivía amontonado con otros paraguas y decidió llevárselo.

El joven paraguas no cabía en sí, estaba feliz, quería hacer muchas cosas, conocer nuevos lugares, recorrer rutas y caminar bajo la lluvia con aquella persona que lo había elegido.

Llegó a un lugar muy bonito y totalmente distinto al almacén con estantes y miles de artículos donde vivía. El lugar tenia pasto, una entrada con escalinatas y un árbol frondoso lleno de nudos y raíces.

No sabía cuál sería su primera misión y eso le llenaba de cosquilla el estómago. Entraron a la casa y lo colgaron en un gancho metálico junto a otros paraguas, sombreros y abrigos.

Los demás ni siquiera lo saludaron, sólo lo miraron con cara de hastío y actitud grosera que él no entendió, pero que tampoco le importó porque estaba en un lugar nuevo, con gente nueva y cosas nuevas, a la espera de poder ser útil.

Finalmente luego de un momento de dudas, se decide a hablar:

–Ejem...!! Que tal amigos, soy nuevo aquí... Estoy deseoso de comenzar pronto a trabajar. Cuéntenme, cómo es el clima, llueve seguido??

Un silencio lo recibe, sus palabras suenan un tanto extrañas en aquella habitación. Los rayos de luz que se cuelan por una pequeña ventana, indican la presencia de miles de partículas en suspenso.

El resto de paraguas colgados miran al recién llegado, se miran entre sí y a continuación sueltan una larga y estruendosa carcajada.


miércoles, 8 de mayo de 2019

Sobre Medicación

Sobrediagnóstico

Florencio era un tipo preocupado. Cada año se hacía controles preventivos de salud, cuidaba su presión, intentaba beber poco.

El primer Sábado de cada mes, como era su costumbre, se realizaba diversos análisis médicos en un pequeño puesto de feria. Allí, un hombre vestido con una impecable bata blanca y una máquina casera de toma de muestras, con más voluntad que conocimientos, ayuda a todo aquel que desee saber de su salud.

Un día, el hombre que atiende el puesto lo mira con aprensión, la máquina había arrojado un colesterol el doble de los rangos normales lo que transformaba a Florencio en una bomba de tiempo.

–Don Floro –le suelta con cierto temor a equivocarse–. Lo conozco hace tiempo, usted es un hombre saludable y preocupado de su bienestar. Le sugiero que pida una hora al doctor y le lleve estos valores que le voy a dar... y anota unos números en una tarjeta.

–Tengo algo malo??

–Un análisis médico detallado podría indicar lo que tiene. No es bueno tener el colesterol tan alto. Podría sufrir una embolia, taparse una arteria de su pierna... Podría sufrir un ataque cardíaco en cualquier momento.

Florencio se levanta de la pequeña silla de plástico con millones de posibles males anticipados rondando su cabeza. A primera hora del Lunes pide hora al doctor.

En la consulta, el facultativo una vez auscultados pulmones, corazón, pulso y otros criterios médicos, lo hace pasar al escritorio. Allí, Florencio espera impaciente mientras el doctor hace una serie de anotaciones en el computador. Su rostro sin expresión no le indica nada que pueda anticipar... Luego de unos minutos eternos, el médico lo mira con expresión grave y solemne:

–Don Florencio, me gustaría que se hiciera estos exámenes, –le dice mientras anota en un papel–. Tiene la presión un poco alta, lo que puede indicar que es “prehipertenso”. Además, los valores que usted me trae, me gustaría confirmarlos. Por ahora, tómese esta pastilla para bajar la presión... y le extiende una receta.

Florencio obediente compra el remedio en la farmacia y comienza el tratamiento al pie de la letra.

Una semana después, se siente morir. Le duele la cabeza y se marea con facilidad, no sabe qué diantres le pasa... Alarmado vuelve al doctor, le entrega los exámenes y le cuenta sus males:

–Doctor que me pasa?? Me siento pésimo. Cada mañana es un suplicio levantarse, creo que algo grave tengo... –y con los ojos llenos de lágrimas recuerda lo saludable que era hace tan sólo un par de semanas.

El médico acostumbrado a este tipo de intervenciones, sólo asiente mientras ojea con atención la interminable lista de números que los exámenes médicos traen. Finalmente, le clava la vista al pobre enfermo y reclinado en su asiento comienza a hablar:

–Don Florencio, usted además de sufrir hipertensión... tiene el colesterol un poco elevado. Lo primero que debemos hacer es bajarlo. Tómese esta pastilla en la mañana junto con la medicación de la presión. Le ajustaré la dosis y con suerte en unas semanas, ya debería sentirse mejor.

Pero Florencio lejos de mejorar, cada día empeora más. Ahora a los achaques propios de la presión, se han sumado dolores musculares, palpitaciones y una opresión en el pecho que no lo deja en paz.

Una noche, acude a urgencias con una sensación terrible de falta de aire, siente mucho dolor... Quizás sea un infarto. Lo internan en la unidad coronaria, le hacen todo tipo de exámenes, las horas pasan y no hay señales de un inminente ataque. Luego de tres largos días y una exploración a las arterias sin resultados, el especialista concluye: “Dados sus antecedentes familiares y a los síntomas que presenta, usted a partir de ahora debe ser considerado un paciente cardíaco”.

Más angustiado que antes, Florencio vuelve a su hogar, además del riesgo de fallo al corazón, debe recordar cada mañana tomar cinco tipos de píldoras diferentes. Poco a poco se recluye, pierde su trabajo y queda a la espera que pronto llegue el consuelo a su grave condición.


–Aló, don Floro?? Qué bueno que me pude comunicar... –Dice con alivio el hombre al otro lado del teléfono.

–Con quién hablo??

–Soy Guillermo, del puesto de salud donde usted se hace el chequeo médico... Quería pedirle disculpas, la máquina del colesterol ha arrojado varias medidas erróneas desde que estuvo aquí por última vez... Qué le parece si el próximo Sábado viene a hacerse el chequeo de nuevo??


martes, 22 de enero de 2019

Suponer lo que no es...

En ese momento sólo pensaba en alejarme lo más rápido posible, correr por aquel pasillo lleno de puertas transparentes que empujaba a mi paso. Sentía en el bolsillo del pantalón como las cuentas del collar presionaban mi muslo al mover la pierna. Yo sólo intentaba correr lo más rápido posible, seguir hacia adelante sin mirar atrás.

Hace tan sólo un momento me encontraba parada frente a una vendedora... Verónica creo que se llamaba. Simplemente no me había querido atender, yo paciente la miraba esperando una señal, algo que me indicara que estaba dispuesta a recibir mi petición... pero no, siempre callada con su rostro hacia abajo y el ceño fruncido, intentando esquivar a como diera mis ojos que la seguían para donde fuera.

Pase mucho rato allí, hasta que simplemente no quise más. Fui en busca de alguien que recibiera mi reclamo, a cambio me encuentro con una chica que con mirada cómplice me dice que Verónica es la persona más odiosa del mundo, que ella y su hermana no la soportan y aunque son compañeras de trabajo, la solidaridad no es lo suyo.

La chica que me habla tiene el cabello largo y de color claro, su rostro es blanco y algo pecoso, sus manos gesticulan mucho y es agradable al hablar. Luego de indicarme donde debo dejar mi reclamo, paso a la siguiente sala pero esta era muy distinta al mesón con estantes donde me encontraba recién.

El lugar estaba lleno de objetos de decoración, al lado mío sobre una alfombra, veo un collar de cuentas negras, me agacho porque me produce curiosidad. Su aspecto es rustico, parece de madera y cada cuenta plana tiene una forma distinta, al pasar mi dedo por encima se siente suave pero no brilla.

En ese momento no hay nadie en la sala, miro para todos lados, doblo el collar y lo echo al bolsillo trasero del pantalón. Quizás haya cámaras de seguridad en algún lado... Ya el reclamo había quedado en el olvido, toda esa nube que invadió en un momento mi cabeza, se había disipado y sólo quería largarme de allí.

Continúo corriendo siempre en línea recta, hasta que por fin llego a la última puerta. Entro y camino hacia una pequeña mesa de vidrio que hay en una esquina de la habitación, aún siento el contacto de las piedras en mi bolsillo.

En ese momento oigo ruido y al darme vuelta, veo a una de las vendedoras de la tienda parada detrás mío, venía con otra chica tan parecida a ella que era muy difícil distinguir con cuál de las dos hablé.

Una de ellas tiene en sus manos una caja, avanza y se sienta en el elegante sillón color amarillo que se encuentra frente a mí, deja la tapa sobre el cristal y me muestra lo que trae.

Adentro hay una polera de satín de vivos colores, perfectamente doblada y puesta sobre un fino papel de seda. Me piden que me la pruebe, quieren enmendar lo sucedido pero yo no pienso dejar que se apoderen del collar..!! En ese momento, entra Verónica con los ojos redondos y la respiración entrecortada, todos la quedamos mirando pero ella no dice nada.

Las hermanas con una locuacidad envidiable se dan vuelta y siguen intentando convencerme que vaya al probador. Verónica inquieta sólo me mira, yo amable niego la petición. Luego de un rato de falsa cortesía, consigo sacarlas y cerrar la puerta mientras Verónica corre al baño.

Voy detrás de una vitrina, me agacho y saco el collar de mi bolsillo, desde ahí logro escuchar los sollozos de aquella chica que tan mal me atendió... La escucho hablar por teléfono, ahí me entero que el collar es de ella y que es una antigua reliquia familiar. Miro lo que tengo entre mis manos y en un momento de torpeza se me cae rompiéndose la parte central.

Mientras escucho la conversación, me invade la impotencia de no saber qué hacer. Finalmente, Verónica sale de su escondite y le muestro el collar que aún permanece roto entre mis manos.

Ella lo ve y se larga a llorar, me dice que desde que llegó a trabajar, las hermanas siempre han sido perversas con ella, al punto que esta vez se metieron a hurtadillas en los vestidores y sacaron lo único de valor que traía en la mochila.

Me mira con la cara teñida de lágrimas y continúa su relato...

–Como vendedoras, no nos permiten tener nada en las manos mientras estemos atendiendo público pero tampoco se hacen responsables si se nos pierde algo, aunque los casilleros no tengan llave o estén todos ocupados.

–Yaaa, pero eso es muy injusto!! Le digo mirándola con incredulidad.

–Nadie se preocupa, la tienda invierte mucho en cámaras de seguridad y vigilancia pero nosotros ni siquiera tenemos donde guardar la mochila.

En ese momento no sé qué decir, sólo pienso en cómo arreglar la situación. Verónica ya más calmada estira las manos y le devuelvo lo que había tomado sin consideración, siento como mi rostro se acalora.

Ella se quita los restos de pintura que quedaron bajo sus ojos y finalmente sonríe, yo sólo atino a devolverle esa misma sonrisa que tan gentilmente me regaló.


martes, 27 de noviembre de 2018

PESO PERDIDO

Sentada frente al refrigerador y con los codos sobre la mesa, Beatriz se dispone a cucharear lo último que queda de esa casata de helado con chocolate que tenía delante. Había estado toda la tarde engullendo cantidades monumentales de todo tipo de dulces, pasteles y chocolates. Sabía que esa era la última vez que se daría un atracón así... había subido mucho de peso y los exámenes médicos salieron mal. El doctor le dio un ultimátum, “si no paras, a este ritmo tendrás una enfermedad crónica muy pronto y eres muy joven para cargar con algo así,” le largó.

Mientras sostenía una dona, pensaba cuantas veces esa pequeña amiga la había hecho inmensamente feliz. Amaba esa sensación de apapachamiento que le daba la comida. Su madre siempre la consintió con alimento, así le demostraba su afecto. Los años pasaron y ese afecto se transformó en reproche. Si todo volviera a ser como antes... y disfrutando del último bocado de aquel pastel con arándanos, se largó a llorar. Debía parar, lo sabía. A sus 21 años muchas lucían sus mejores pilchas pero ella apenas se veía los zapatos. Mañana será el comienzo de un nuevo día, se dijo convencida mientras miraba la mesa llena de envoltorios vacíos.

A la mañana siguiente, se despertó con aquella sensación conocida, fue a la cocina por un bocadillo y ahí recordó que estaba a dieta. Una de tantas que ya había hecho sin grandes luces pero que esta vez debía dar resultados concretos. Estaba en juego mucho más que pretensión, la palabra diabetes retumbaba en su cabeza con una profundidad que no le gustaba.

La primera semana fue difícil, debía seguir un programa que el doctor le había dado y que odiaba... Contar con lujo de detalles lo que hacía cada día. Cuantas calorías, cuantas tazas de esto, cuantos miligramos de esto otro, pastillas por la mañana, hambre por la noche. Abría el refrigerador pero no encontraba nada que pudiera satisfacer esas ganas ENORMES de felicidad. Toda su familia estaba a favor del plan pero Beatriz estaba harta. Solo quería bajar y comerse una dona con chocolate, la necesitaba, se la debía.

Finalmente se decide, no había nadie en casa... Quién va a saber que se salió de la dieta?? Es más, qué importaba la dieta!! Dejaría de seguir el plan... y así comienza una lucha interna que cada vez pedía más, un demonio empalagoso que la instaba a seguir todo tal cual.

Pasaron los días y nadie sospechó, su hermano la notó rara pero no se quiso meter. Sus padres habían puesto todas sus esperanzas en que él continuaría con el negocio familiar y a veces le daban ganas de decirle un par de cosas a su hermana pero prefirió callar, porque de ella nadie esperaba nada. Siempre su lucha con los kilos y ahora este “programa” que debía apoyar.

Beatriz se siente cansada, el peso del cuerpo se esparce sobre aquel sillón donde descansa después de haber hecho ejercicio, le costaba mucho mantener este “auto plan” pero tenía sus estrategias... oler un envoltorio de chocolate, hacer elíptica hasta quedar sin aire comiendo lo mínimo y mintiéndole a los demás.

Esa noche, el ambiente de la casa estaba tranquilo, los padres venían de disfrutar una agradable cena de negocios... pronto se concretaría aquello que tanto esperaban. Al prender la luz un bulto al fondo del salón, era Beatriz desmayada. Asustados la llevan al servicio de urgencias, los médicos indican que llegaron a tiempo pero sus niveles de azúcar eran tan bajos que no saben si va a despertar, los padres de Beatriz se miran... al final, todo se reduce como siempre, en dejarlo así, en esperar.


sábado, 23 de junio de 2018

Como envejecer y no morir en el intento...

Parado en la terraza Octavio mira todo a su alrededor, ya había hecho los últimos preparativos y estaba todo listo para partir.

Mientras se calienta las manos en su tazón favorito y huele el vapor del café recién preparado, recuerda cómo fue la primera vez que llegó allí, un terreno lleno de tierra, piedras y troncos de árboles viejos.

Ahora su familia lo esperaba en una flamante y recién remodelada casa en la ciudad. Él no estaba de acuerdo, prefería quedarse donde había construido a pulso y casi sin herramientas todo lo que le rodeaba... pintando cada recoveco y sintiendo satisfacción cada vez.

Desde pequeño había aprendido a valerse por sí mismo y hoy a sus 70 años deseaba mantener su independencia. Su hija se oponía a que siguiera solo en aquel sitio tan apartado pero a él no le importaba, era feliz allí rodeado de naturaleza, comiendo fruta sacada al instante y revolviendo la tierra hasta conseguir una que otra hortaliza.

Rodea la casa y echa un vistazo al patio interior, el cacareo de las gallinas ahora convertido en silencio lo ponen nostálgico. Tantos recuerdos clavados en la tierra que ahora sólo se escuchan como un eco, las conversaciones de su nieta cuando tomaba el té con sus amigos invisibles en la casita del árbol, el columpio que se instalaba cada vez que venía de visita.

La venta de la casa había sido exitosa, la idea de liquidar con todo en su interior dio resultado y una pareja joven venía a instalarse en unos días más. Quizás hacía lo correcto pero aun así, sentía una pesadez en el pecho que no lo dejaba en paz.

Mientras las últimas aves anuncian la hora de dormir, Octavio entra a la casa a lavar el tazón y a mirar por última vez la cocina. Afuera el viento sopla sobre los árboles y hace murmullos al pasar a través de sus hojas. Pequeñas gotas comienzan a caer y aumentan de intensidad a medida que transcurren los minutos, en un tamborileo constante, así sin más, van y vienen golpeteando contra la ventana en ráfagas intermitentes que anuncian que pronto se avecina algo.

Finalmente, toma las llaves de la pequeña mesita cerca de la puerta donde alguna vez hubo un teléfono de disco, respira profundo, contempla por unos instantes las figuras que forman los muebles en la penumbra y se dispone a cerrar la puerta sin mirar atrás.


Perrito divertido