martes, 27 de noviembre de 2018

PESO PERDIDO

Sentada frente al refrigerador y con los codos sobre la mesa, Beatriz se dispone a cucharear lo último que queda de esa casata de helado con chocolate que tenía delante. Había estado toda la tarde engullendo cantidades monumentales de todo tipo de dulces, pasteles y chocolates. Sabía que esa era la última vez que se daría un atracón así... había subido mucho de peso y los exámenes médicos salieron mal. El doctor le dio un ultimátum, “si no paras, a este ritmo tendrás una enfermedad crónica muy pronto y eres muy joven para cargar con algo así,” le largó.

Mientras sostenía una dona, pensaba cuantas veces esa pequeña amiga la había hecho inmensamente feliz. Amaba esa sensación de apapachamiento que le daba la comida. Su madre siempre la consintió con alimento, así le demostraba su afecto. Los años pasaron y ese afecto se transformó en reproche. Si todo volviera a ser como antes... y disfrutando del último bocado de aquel pastel con arándanos, se largó a llorar. Debía parar, lo sabía. A sus 21 años muchas lucían sus mejores pilchas pero ella apenas se veía los zapatos. Mañana será el comienzo de un nuevo día, se dijo convencida mientras miraba la mesa llena de envoltorios vacíos.

A la mañana siguiente, se despertó con aquella sensación conocida, fue a la cocina por un bocadillo y ahí recordó que estaba a dieta. Una de tantas que ya había hecho sin grandes luces pero que esta vez debía dar resultados concretos. Estaba en juego mucho más que pretensión, la palabra diabetes retumbaba en su cabeza con una profundidad que no le gustaba.

La primera semana fue difícil, debía seguir un programa que el doctor le había dado y que odiaba... Contar con lujo de detalles lo que hacía cada día. Cuantas calorías, cuantas tazas de esto, cuantos miligramos de esto otro, pastillas por la mañana, hambre por la noche. Abría el refrigerador pero no encontraba nada que pudiera satisfacer esas ganas ENORMES de felicidad. Toda su familia estaba a favor del plan pero Beatriz estaba harta. Solo quería bajar y comerse una dona con chocolate, la necesitaba, se la debía.

Finalmente se decide, no había nadie en casa... Quién va a saber que se salió de la dieta?? Es más, qué importaba la dieta!! Dejaría de seguir el plan... y así comienza una lucha interna que cada vez pedía más, un demonio empalagoso que la instaba a seguir todo tal cual.

Pasaron los días y nadie sospechó, su hermano la notó rara pero no se quiso meter. Sus padres habían puesto todas sus esperanzas en que él continuaría con el negocio familiar y a veces le daban ganas de decirle un par de cosas a su hermana pero prefirió callar, porque de ella nadie esperaba nada. Siempre su lucha con los kilos y ahora este “programa” que debía apoyar.

Beatriz se siente cansada, el peso del cuerpo se esparce sobre aquel sillón donde descansa después de haber hecho ejercicio, le costaba mucho mantener este “auto plan” pero tenía sus estrategias... oler un envoltorio de chocolate, hacer elíptica hasta quedar sin aire comiendo lo mínimo y mintiéndole a los demás.

Esa noche, el ambiente de la casa estaba tranquilo, los padres venían de disfrutar una agradable cena de negocios... pronto se concretaría aquello que tanto esperaban. Al prender la luz un bulto al fondo del salón, era Beatriz desmayada. Asustados la llevan al servicio de urgencias, los médicos indican que llegaron a tiempo pero sus niveles de azúcar eran tan bajos que no saben si va a despertar, los padres de Beatriz se miran... al final, todo se reduce como siempre, en dejarlo así, en esperar.


Perrito divertido