miércoles, 10 de abril de 2019

MI EXPERIENCIA DEPECHE MODE

Experiencia DM

La primera vez que vi a Depeche Mode en vivo fue cuando visitaron Chile por segunda vez en el año 2009. Era mi primer concierto masivo y como soy fan de toda la vida, sabía que no me lo podía perder. Junté las lucas y me aseguré de tener la mejor entrada posible con meses de anticipación. “Tour of the Universe” se llamaba la gira que los traía de vuelta y yo estaba muy emocionada por ello.

Ese día de Octubre del 2009 me levanté muy temprano y llegué a la entrada del Club Hípico a esperar con ansias la hora del recital. De a poco, y con el pasar de las horas, se fue llenando cada rincón de la calle en dos filas monumentales que se esparcían por ambos lados de la entrada.

Pronto nos pusieron vallas alrededor y junto con la gente, llegaron los vendedores con todo tipo de artilugios, comestibles y suvenires. También llegaron reporteros que entrevistaban a los más “aventureros” que habían pasado la noche allí... Todos con números en las manos marcados con un plumón.

Yo no tenía número, no era parte de un fan club pero igual conversé, me reí e hice "migas" con aquellos que estaban en ese momento en las mismas, esperando lo mismo, con las mismas ansias y la misma felicidad. Todos compartíamos algo en común y eso hacía que quisiéramos saber más.

Para pasar el rato, conversamos sobre nuestros planes, intercambiamos teléfonos a los que nunca llamamos y nos tomamos incontables fotos de grupo. Ahí me enteré que muchos habían hecho sacrificios enormes para estar en ese mismo puesto que yo. Venían de diferentes partes de Chile, habían dormido en terminales o eran del extranjero.

Finalmente, llegó la tarde y el tan anhelado momento de abrir las puertas, pero todo estaba muy controlado... No había tanto registro personal como ahora, pero si muchos con ganas de colarse. Por lo tanto, la seguridad era excesiva. La primera barrera que había que sortear, era el registro y chequeo de todas tus cosas. La segunda, tu estado físico.

Y como el evento era en el Club Hípico, los organizadores no encontraron nada mejor que hacernos correr prácticamente 3 kilómetros rodeando todo el recinto. Como en una carrera con obstáculos, con paradas de control cada ciertos tramos... Ahí nos amontonaban un rato hasta que nos volvían a soltar cuales caballos desbocados.

Personalmente, corrí como si se me fuera la vida. Atrás quedaban personas con mochilas enormes y otros agotados por la exigencia... porque el tramo se hacía eterno. Pasabas gente que esperaba en algún baño químico apostado en el camino... Pasabas gente doblada intentando respirar después de haber corrido hasta no dar más... Pasabas personas de todo tipo y contextura física. Mientras yo corría y corría sorteando todo lo que estuviera a mi paso.

Los amigos de la fila ya no estaban. Habían terminado esparcidos en el camino, unos atrás, otros más adelante... Esta parte de la selección no consistía en tener paciencia y esperar, tenía que ver con cuanto eras capaz de resistir. Llegué al sector de cancha prácticamente sin aliento, pero admirada de lo cerca que estaría del escenario.

Una pasarela te recibía, se asomaba en el medio y daba la bienvenida, yo intentaba ser lo más estratégica posible, aunque la verdad en ese momento no servía de mucho. Ahí me esperaba la última gran prueba... Una espera de 3 horas apretujados, cansados y sedientos hasta que comenzara el show.

Por supuesto, las fuerzas no eran las mismas. Con tanta ansiedad, no había comido ni tomado líquido en horas. Además, me había pegado la carrera de mi vida... pero ahí estaba, esperanzada aún, con menos energía pero luchando por mi puesto y mostrando los dientes si era necesario. Me lo había ganado, me lo merecía.

En poco tiempo, el sector en el que estaba se llenó a tal punto, que si levantabas los brazos ya no los podías bajar. Tampoco te podías sentar en el suelo porque era como sumergirse en unas aguas profundas sin poder después salir a flote. No había faltado nadie, eso estaba claro... nadie se lo quería perder.

En el transcurso de esas 3 largas horas, muchos terminaron siendo sacados desmayados antes que todo comenzara. Agotados por la exigencia, después de haberlo dado todo como en una maratón para estar lo más adelante posible. Los que quedábamos, sólo mirábamos y nos corríamos un poco más, impacientes, esperando que pronto se fuera la luz... Unas nubes se asoman por unos instantes y sueltan una que otra gota loca a la concurrencia que las recibe con alivio y a la vez con cierta aprensión.

Mientras la espera se hacía eterna y algún vendedor intentaba transar una que otra bebida, las luces se apagaron, aparecieron las cámaras y un griterío gigante acompañó la primera impresión que tuve de mi grupo favorito. Una pantalla con millones de luces pequeñitas y las siluetas inconfundibles de todos ellos hizo que mi cerebro entrara en ebullición. La emoción era tal, que simplemente me dejaba llevar por los movimientos de la marea y los millones de brazos alrededor que se agitaban haciendo todo tipo de gestos.

Cuando el show iba por la mitad y Martin cantaba una de sus canciones en solitario, todo el cansancio acumulado cobró su parte. Sentí que las piernas ya no me sostenían y que me iba lentamente a negro. En ese momento, mi cerebro hizo “Operación Deyse” y puso a trabajar a todos sus enanos de emergencia para no zozobrar inconsciente en medio de toda esa corriente. Resignada hice mi retirada.

Después de interminables minutos que parecieron horas, caminando como en un laberinto lleno de cuerpos en movimiento que no me prestaban atención, logré llegar a un sitio más despejado. Ahí, sentada en el suelo, pude recuperar el aire y luego de un momento de descanso y una bebida, ya estaba como tuna para seguir otra vez... pero una masa compacta y poco solidaria dijo otra cosa. Había perdido mi puesto como muchos de los que estábamos ahí en ese momento, con el rostro cansado, algo maltrechos pero felices de haber vivido aquella experiencia al máximo.


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